Academia Arquitectónica

Cuando de avanzar en asuntos epistemológicos se trata, no hay obstáculo mas grande que la fragmentación y unilateralidad de puntos de vista.

Conversación y academia arquitectónica


Que es mas valioso que el oro? La luz.
Que es más preciado que la luz? La conversación.
Goethe.

Introduciendo su libro “The Heart of Higher Education. Transforming Academy Through Collegial Conversations”, Parker Palmer y Arthur Zajonc escriben:

“… no tenemos un masterplan para cambiar el curso actual de la educación superior, ciertamente, no para cambiarla desde el puente de mando, de arriba hacia abajo, … Por el contrario, para esto nos apoyamos en otra corriente histórica: en las historias de aquellos movimientos sociales que han generado cambios desde abajo hacia arriba. Advocamos por la conversación en sí- conversación concentrada y disciplinada- como estrategia capaz de cambiar el curso de los hechos. Puede que la estrategia conversacional no transforme la infraestructura universitaria de la noche a la mañana. No obstante, los cambios profundos en cualquier tipo de institución provienen siempre de la implantación en estos entornos de pequeñas comunidades visionarias y pragmáticas; comunidades que pueden nutrirse y crecer a partir de la buena conversación; y esas conversaciones pueden ser comenzadas por individuos, con independencia de si ocupan o no cargos de poder. Esto lo sabemos porque lo hemos visto.”

Zajonc no es un mero comentarista en educación y asuntos sociales. Además de físico y académico es, entre otras cosas, uno de los organizadores responsables por los históricos encuentros entre el Dalai Lama, practicantes de tradiciones contemplativas afines y prominentes científicos que el año 2003 se reunieron en el MIT para compartir visiones sobre el fenómeno neurocientífico emergente por excelencia que es la cognición. En efecto, la figura de Zajonc, es representativa del perfil de científicos post “crisis cuántica” que no solo entendieron y asumieron que, bajo ciertas circunstancias, el observador no solo afecta lo observado sino que incluso lo determina. De aquí que la fenomenología yazca en la base de todas las nuevas ciencias fundadas alrededor del 1950, entre ellas, la Cibernética, la Teoría de Sistemas y la Teoría de la Autopoiesis. De aquí también que la tecnología digital no fuese sino el efecto colateral de una empresa titánica aun mayor inaugurada oficialmente por Hegel: la fenomenología del espíritu o, si se prefiere, de la conciencia.

Entienden además que, cuando de avanzar en asuntos epistemológicos se trata, no hay obstáculo mas grande que la fragmentación y unilateralidad de puntos de vista. Esto por si solo explica la iniciativa sin precedentes de sentar a un grupo de científicos de occidente a conversar con el representante supremo de una de las tradiciones espirituales mas antiguas de que se tenga noticia, lo que marca el comienzo de un nuevo proceso histórico basado en la recuperación de puntos de vista descartados por la ciencia ortodoxa.

Ahora bien, desde sus inicios, la generación de conocimiento en ciencia depende exclusivamente de si hay o no experiencia directa. Es decir, de si hay o no objeto de estudio con el cual interactuar y del cual extraer conocimiento. Se sigue que en el momento en que deja de haber experiencia directa surge la especulación: la hipótesis. Esta es, dicho sea de paso, la razón por la cual el sistema religioso/espiritual- basado exclusivamente en la fe en la revelación y no en la experiencia directa de la revelación- perdió hace siglos jurisdicción en asuntos cognitivos. Jurisdicción que no ha recobrado y no se atisba como podría recobrar.

Las preguntas que en el contexto de este texto siguen son las siguiente: ¿Que hay del arte, tercer pilar del sistema cultural? Y mas específicamente: ¿Que hay del sistema social arquitectura? ¿Qué nos diferencia del sistema social ciencia y del religioso/espiritual en términos de objeto de estudio? ¿Cuál es la fuente de conocimiento artístico en general? ¿Cuál la fuente de conocimiento arquitectónico en particular?

Una cosa se ha ido haciendo cada vez mas clara: no esta para nada claro.

En efecto, la academia artística contemporánea (entiéndase por contemporánea la academia semiológica, dadaísta, post-estructuralista: en suma, la academia post urinario de Duchamp) se ha caracterizado por una total relativización de la experiencia artística. Relativización que nada tiene que ver con la teoría de la relatividad, la que postula que todo fenómeno es relativo a un observador; que todo lo observable es percibido por un observador. La producción del así llamado arte contemporáneo se sustenta en la creencia- o superstición, dependiendo de cómo se mire- de que el fenómeno artístico, tal como el lenguaje, esta fatalmente sujeto a interpretación y, que en tanto tal, es eminentemente subjetivo. Un museo de arte moderno es, en efecto, una verdadera torre de Babel sensoria.

Pero mas a la mano aun, esto puede constatarse en las ciudades que habitamos. Con especial fuerza, en aquellas ciudades europeas de postguerra, re-construidas con arquitectura “moderna” y, sintomática e irónicamente, re-destruidas (demolidas) por los mismos municipios que comprobaron en carne propia el efecto destructivo que estas tuvieron en las comunidades humanas que las habitaron y padecieron. A fin de cuentas, los premios de arquitectura y urbanismo son otorgados por arquitectos y urbanistas, nunca o rara vez por la gente que las habita. Tomando en cuenta que los arquitectos representan aproximadamente un el 0.0001% de la población mundial- es decir, el 0.0001% de la población mundial decide, potencialmente, como vive el resto- es claro que aun resta indagar de forma seria en lo que la población mundial percibe cuando se enfrenta al así llamado arte contemporáneo, entre ellos, a la arquitectura.

Estas cifras deberían bastar para que quienes estamos llamados a construir ciudades con arquitectura nos interesemos de forma seria en la biografía de la ciencia, tomemos nota e inyectemos rigor científico en nuestra práctica. Esto no implica transformar el arte en ciencia. Implica sentarnos a dilucidar de una buena vez el problema del origen del conocimiento artístico. Goethe, Zajonc, Bohm, el mismísimo Dalai Lama entre muchos otros (y, no menos importante, el sentido común) nos enseñan que aspirar a esto supone hoy el cultivo metódico del arte de la conversación. Todo un desafío considerando que la verdadera conversación presupone suprimir a voluntad los prejuicios personales para lograr oír a mi interlocutor, probablemente una de las tareas mas difíciles para los cognitivamente sobre estimulados y dispersos habitantes de occidente de comienzos de segundo milenio. Es decir, no solo presupone quedarse en silencio mientras el otro habla. Presupone además interesarse de forma activa y genuina por el punto de vista del otro, como si fuese el mío propio. Una suerte de enamoramiento a voluntad, base tanto de la empresa fenomenológica como de toda práctica meditativa. La esperanza implícita este raro esfuerzo es que por esta vía terminemos descubriendo o mas bien, re-descubriendo, aquello que debe unirnos por sobre lo que nos separa: la fuente inagotable de conocimiento arquitectural. Con ello, la esperanza de que la enseñanza de la arquitectura propiamente tal sea algún día efectivamente posible.


Claudio Araneda
Concepción, 2015

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